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ADRIÁN GONZÁLEZ INVESTIGA BACTERIAS ACUÁTICAS PARA LEER SEÑALES DIMINUTAS Y PREVENIR GRANDES PROBLEMAS

Fecha: 31-07-2026

ADRIÁN GONZÁLEZ INVESTIGA BACTERIAS ACUÁTICAS PARA LEER SEÑALES DIMINUTAS Y PREVENIR GRANDES PROBLEMAS

El investigador de la Universidad Politécnica de Sinaloa, en Mazatlán, investiga bacterias y comunidades microbianas para entender problemas ambientales, acuícolas y de salud pública

 

 

 

Culiacán, Sinaloa, 29 de julio de 2026. Un arrecife de coral puede parecer una roca de colores, pero en realidad funciona como una ciudad viva. Ahí se refugian peces, crustáceos, moluscos y muchas especies que después forman parte de la pesca y de la economía de las comunidades costeras.

 

De acuerdo con la Conabio, en México existen alrededor de 60 especies de corales formadores de arrecifes. A escala global, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que los arrecifes de coral ocupan menos del 1% del fondo marino, pero sostienen al menos el 25% de las especies marinas. Ahí radica la importancia de conservar sanos estos ecosistemas.

 

Cuando esa “ciudad” empieza a enfermar, el problema no siempre se ve de inmediato. A veces el daño comienza con cambios muy pequeños: temperatura del agua, contaminación, estrés de los organismos o la presencia de microorganismos que no se pueden ver a simple vista sin ayuda de microscopio o análisis de ADN para estudiarlo.

 

Ahí entra el trabajo del doctor Adrián González Castillo, investigador y docente de la Universidad Politécnica de Sinaloa, en Mazatlán. Su especialidad es estudiar bacterias: primero, para saber cómo se llaman y a qué grupo pertenecen; después, para entender cómo conviven con otros microorganismos en peces, ostiones, camarones, esponjas marinas, agua o sedimentos.

 

La respuesta científica: ponerle nombre a lo que no vemos

La primera parte del trabajo del González Castillo se llama taxonomía bacteriana. Dicho de forma sencilla, es como ponerle nombre y apellido a una bacteria. Si no se sabe qué bacteria está presente, tampoco se puede saber si enferma a un organismo, si ayuda a limpiar un ambiente, si participa en los ciclos de nutrientes o si puede ser sensible a ciertos antibióticos.

 

“La taxonomía, en particular la bacteriana, es superimportante. ¿Por qué? Porque si no existiera o si no se realizara de manera adecuada, la microbiología sería una ciencia a ciegas”, describe.

 

Por eso, cuando un pez, un ostión, un camarón o un molusco presenta problemas, el proceso inicia con una muestra. Luego se aísla la bacteria y se estudia de varias maneras: por sus características visibles, por sus genes y por su genoma, el cual es como el libro completo de instrucciones de un ser vivo.

 

Ese trabajo ha permitido estudiar bacterias aisladas en distintas zonas de Sinaloa, como La Cruz de Elota, Culiacán y Rosario, además de colaborar con colecciones de microorganismos de importancia acuática vinculadas al Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, CIAD.

 

Cómo se confirma una nueva especie

Cuando los análisis muestran que una bacteria no aparece en las bases de datos internacionales, empieza otra etapa: comprobar si se trata de una especie no reportada antes. Para hacerlo no basta con decirlo en un laboratorio local. La bacteria debe compararse, depositarse en colecciones internacionales y publicarse en una revista científica.

 

“Aquí viene lo interesante”; expresa, “cuando realizamos todos estos análisis y comparamos con una base de datos internacional y no encontramos nada similar de esta bacteria que aislamos, es ahí donde surge la duda y podemos realizar nuevos análisis para ver si es que en realidad esta especie nunca ha sido reportada nivel mundial y ahí inicia todo lo que es el trabajo.”

 

En esa línea de investigación, González Castillo ha participado en la descripción de nuevas especies bacterianas como Vibrio crosai, Vibrio sonorensis y Vibrio mexicanus.

 

Esta parte del trabajo no resuelve por sí sola todos los problemas de salud acuática, pero sí crea una base indispensable: saber qué microorganismos existen, dónde aparecen y qué información científica hay sobre ellos.

 

 

De una bacteria sola a toda la microbiota

Con el tiempo, la investigación de González Castillo pasó de estudiar bacterias aisladas a mirar comunidades completas de microorganismos. A eso se le llama microbiota: el conjunto de bacterias, virus, hongos y arqueas que viven en un organismo o en un ambiente.

 

La diferencia es importante. Estudiar una bacteria aislada es como observar a una sola persona dentro de una escuela. Estudiar la microbiota es mirar a toda la escuela: quiénes están, cuántos son, cómo conviven y qué puede pasar si el equilibrio cambia.

 

Uno de los ejemplos más claros aparece en una investigación en coautoría sobre la esponja marina Thoosa mismalolli, una especie perforadora que puede dañar corales.

 

En la entrevista, González Castillo cuenta que algunos arrecifes presentaban blanqueamiento y muerte de coral. El blanqueamiento ocurre cuando el coral pierde las microalgas que le ayudan a vivir; si el estrés continúa, el coral puede morir.

 

“Entonces se estuvieron haciendo análisis para ver cuál era alguno de los problemas que estaba afectando el coral y se encontró una alta abundancia de esta esponja Thoosa mismalolli. Entonces se encontró que esta esponja es perforadora; perfora lo que es el coral y, por ende, lo mata”.

 

Qué encontró el estudio de microbiota

El equipo de investigación tomó muestras de la esponja, extrajo ADN y secuenció millones de fragmentos genéticos. En palabras simples: leyó pistas microscópicas para saber qué organismos estaban ahí. El hallazgo fue relevante: una gran parte de esas secuencias correspondía a Candidatus Poribacteria, un grupo bacteriano asociado a esponjas marinas.

 

La entrevista señala que cerca del 60 por ciento de las secuencias encontradas pertenecía a esa bacteria y que, al analizar su genoma, se identificaron genes relacionados con la degradación del coral. Dicho de forma sencilla: la esponja no actuaba sola; su microbiota también participaba en el daño.

 

El artículo científico publicado en 2021 confirmó que el estudio analizó genomas obtenidos de la esponja Thoosa mismalolli del Pacífico mexicano y reportó los primeros genomas ensamblados de Candidatus Poribacteria aislados de esa esponja. También aportó información para entender mejor la clasificación de ese grupo bacteriano.

 

Evidencia y alcance de la respuesta

La evidencia disponible muestra tres aportes principales. Primero, ayuda a identificar microorganismos que antes podían pasar desapercibidos. Segundo, permite entender que la salud de un organismo acuático no depende de una sola bacteria, sino de una comunidad completa. Tercero, aporta señales tempranas sobre cambios en el ambiente, las cuales ayudan a actuar antes de que el daño sea mayor.

 

Por eso, el análisis de microbiota puede servir en ambientes naturales y también en actividades productivas como la acuacultura. En un cultivo de camarón, por ejemplo, no solo importa si aparece una bacteria dañina. También influyen la calidad del agua, la alimentación y la cantidad de organismos por metro cuadrado, ya que puede darse que, cuando hay demasiados organismos en poco espacio, pueden estresarse y volverse más vulnerables a enfermedades.

 

Los límites: no todo se explica con una sola bacteria

La solución científica no consiste en culpar a una bacteria y terminar la historia. González Castillo subraya que los problemas de microbiota son multifactoriales. Eso significa que muchas causas actúan al mismo tiempo: temperatura, contaminación, manejo del cultivo, alimento, densidad, estrés y condiciones del agua.

 

También hay otro límite importante: no todas las bacterias son enemigas. Muchas cumplen funciones necesarias en los ecosistemas, en los organismos y hasta en la salud humana. Por eso, el reto no es eliminar microorganismos, sino entender cuándo una comunidad microbiana está en equilibrio y cuándo empieza a cambiar de forma riesgosa.

 

Lo que puede aprender Sinaloa

La investigación de la microbiota acuática ofrece una lección útil para Sinaloa: cuidar el agua, los organismos y los ecosistemas también requiere observar el microcosmos.

 

En un estado con actividad pesquera y acuícola, entender el mundo microbiano puede ayudar a prevenir enfermedades, mejorar prácticas de producción y proteger ambientes costeros.

 

El trabajo de González Castillo muestra que la ciencia local puede responder preguntas locales con herramientas internacionales. No se trata solo de descubrir bacterias nuevas, sino de construir información para tomar mejores decisiones basadas en datos, comparación y verificación.

En el fondo, estudiar bacterias es aprender a leer señales diminutas antes de que se conviertan en problemas enormes. Y esa puede ser una forma concreta de proteger la salud, la economía y el futuro ambiental del entorno.

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